El invierno tiene un montón de cosas hermosas… la nieve, el frío, la desnudez de los árboles.  Pero lo que más nos fascina es ese sol que nunca llega al cenit y que nos acompaña a toda hora caminando a nuestro lado, produciendo no sólo días cortitos sino sombras larguísimas que parecen desprenderse desde cuerpos alienígenas.

La razón es la posición del eje terrestre con respecto al sol. El astro rey aparenta flotar bajito en el cielo, como si tuviera flojera de ir más arriba y por eso nos regala esas sombras peculiares durante las pocas horas en las que decide salir de la cama.

Esta semana jugamos con esas sombras, aprovechando algunos días despejados y azules para capturar esas siluetas de ciencia ficción que sólo se producen en esta época del año.  

En el ejercicio encontramos un par de cosas curiosas que van más allá de su existencia estética y poética. Las sombras de invierno pueden ser una pesadilla para quienes andan en moto porque a veces se confunden con charcos congelados y ya sabemos qué pasa cuando hay un resbalón sobre ruedas.  También pasa que quienes trabajan con paneles solares tienen que hacer unos cálculos especiales para que estas sombras lindas no afecten el funcionamiento de las celdas.  Ya ves, aprendimos algo nuevo además de divertirnos un montón.

Pero volviendo a nuestra búsqueda de sombras invernales, te contamos que para completar el ejercicio incluimos un par de canciones asociadas al tema que nos acompañaron durante la pesca. Aquí las compartimos, junto a testimonios breves de nuestra experiencia individual:

El soundtrack

“#2 Invierno, de las sombras largas”, de Diego Drexler

“Sombras de invierno”, de Se va el camello

Marta y la atmósfera dinámica

Desde que llegué a Barcelona, en donde tenemos las cuatro estaciones, observar las sombras ha sido casi una obsesión. Ser testigo de los cambios de tonos de la luz y la proyección de las sombras es una película que se extiende durante los 365 días del año.

La atmósfera cambia, los colores no son contrastantes. Blancos, negros, grises, plateados, azulados, esmeraldas forman la paleta que nos acompaña en invierno.  El sol va bajando hacia el sur y las sombras son mucho más largas.

Observar al atardecer cómo se proyectan esas sombras de gran longitud, cómo las paredes reciben el dibujo de las figuras que la rodean y percibir el suave cambio de tonalidad, es deleitarse en la creación de un ambiente rebosante de tranquilidad, melancolía y mucho más reflexivo.

A mí me gusta sentarme a observar la danza de las luces y cómo nacen esas sombras largas que inspiraron a muchos artistas.  Es un hecho amable porque ahora comprendo de primera mano todo ese sentimiento reflejado en sus obras.

Marta

Fotografías: @martaelenagh

Mónica y la presencia por contraste

Busqué las señales de la existencia de las sombras.  Busqué precisamente esos espacios en los que vive la oscuridad tras morir la luz.  Y por supuesto busqué también ese momento único de contraste en el que el resplandor se alza triunfante venciendo a la penumbra.

Justo allí vi danzar a las sombras, en el punto en el que confluyen los extremos, el blanco y el negro… la luz y la oscuridad, sus presencias y sus ausencias intermitentes.

Es que, cómo canta una vieja canción de Sentimiento Muerto, “Sin sombra no hay luz”. Vaya pedazo de verdad, esa por lo menos es la mía.

Frente a la claridad esas sombras deciden estirar su belleza como un chicle. Deforman la silueta de la que despegan, creando nuevos cuerpos de inspiración. Así, intenté atrapar su existencia efímera, luché con las horas y los temporales grises, lluviosos, nevados… entonces la luz hizo lo suyo: apareció allí fugaz para darle relieve a la sombra.

Mónica

Fotografía: @monicaurbinap

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