No se amilana ante personajes de postín, convierte los nervios en danza y se apropia del mando. Pone a rotar sus muñecas, eleva una ceja y taconea sin parar. Aquí está ella, Diana Patricia «La Macarena», en toda su maravilla creativa

Mónica Urbina Pardo @monicaurbinap

🗝️ «¿Mi sello personal?… Pararme y decir ‘Aquí estoy yo’». Así, Diana Patricia concentra en su estampa imponente y poderosa toda esa sensibilidad artística que resultó un salvavidas ante su timidez de la infancia. 

Desde que su madre la inscribiera en una academia de ballet a los 6 años para vencer su temor al relacionarse con otras personas, ha labrado su camino a pulso y tacón. No sólo bailando al son de palmas y guitarras, sino produciendo vistosos espectáculos de gran envergadura y dirigiendo El Rocío Estudio de Flamenco, una de las academias especializadas más importantes de Caracas que está pronta a arribar a su 25 aniversario.

“Yo me siento artista”, responde con firmeza al pedirle que elija un apelativo para su profesión.  Y es que Diana Patricia es mucho más que «La Macarena». Ese sello que la dio a conocer en los cuatro puntos cardinales gracias a la conocida sinfonía flamenca-pop inspirada en su donaire particular, logró ser superado por la dedicación con la que ella cultivó su propia historia profesional.

Doble vía para crear

Probó las mieles, y por supuesto también los aguijonazos, del ballet, el jazz, el tap y la danza árabe. Pero fue en el flamenco en el que encontró el amor, desarrollando un vínculo sublime con éste arte que se ha extendido hasta hoy y que promete trascender en el tiempo.

Pero más allá de ese universo que es la danza, en el que confluyen también la coreografía, la actuación, la producción, la dirección e incluso la pedagogía que ejerce desde El Rocío Estudio de Flamenco, Diana Patricia también recibe la visita de otras musas.

“Pinto por hobbie y con el tiempo ese pasatiempo se fue convirtiendo en otra cosa. Siempre me decían ‘Diana ve a los bazares con tus pinturas’, pero nunca fui porque iba haciendo las cosas y las vendía. Ahora estoy haciendo rostros y tengo un par de encargos grandes… ¡Una locura mía! Pero cuidado, sería una exageración y un atrevimiento decir que soy una artista plástica. ¡No!  Simplemente doy brochazos allí, con colores intensos y a la gente le gusta. Me tomo mi tiempo, no es que en 15 días vas a tener el cuadro que me encargaste. ¡No! ¡yo pinto cuando tengo ganas de pintar!”, afirma.

Pero la dinámica creativa de Diana Patricia es distinta cuando se trata de la danza. Allí suele ser metódica y muy exigente, no sólo consigo misma sino también con su equipo de trabajo. “Me levanto temprano, me preparo una taza de café en la cocina de mi casa y si tengo ganas comienzo a pintar. Pero cuando me monto en un personaje todo cambia».

Diana Patricia suspira y continúa explicando que para ella «el trabajo coreográfico es en parte como el trabajo del escritor, que tiene que sentarse todos los días a escribir. Trabajo el concepto de lo que quiero, decido las escenas que deseo, qué y cómo transmitírselo al público (…) Lo primero es buscar la música que le de esa emocionalidad a lo que deseo comunicar y luego hago la tarea diaria: ir al salón de clases, sacar movimientos, y empezar con un cuaderno y palitos a hacer la maqueta de danza, especialmente si el trabajo es con un grupo grande”.

“Durante el proceso creativo no puedo parar. A veces me pongo en retrospectiva, ajusto o corrijo y sigo adelante porque parar es muy frustrante. ¿Cómo retomas si ya venías en una bola de nieve a toda máquina y al parar se derritió? ¿Cómo la vuelves a armar?… Artísticamente, cuando vuelves a remontar, nunca logras una copia al carbón”. 

Diana Patricia «La Macarena»

Diana Patricia afirma que estas dos vías creativas entre las que se está moviendo constantemente, la de la danza por profesión y la de la pintura por pasatiempo, confluyen en su sensibilidad particular, esa que también está presente bajo formas distintas, en cada uno de los creativos del mundo artístico.

“Está ese poquito de locura, otro de fantasía y mucha imaginación y creatividad (…) A mí no me gusta copiar, considero que eso es facilismo.  Por supuesto que uno ve cosas de otros compañeros, queda encantado y dice ‘wao yo lo quiero’, pero ese ‘lo quiero’ debe convertirse en un ‘cómo lo llevo a mi propio terreno, cómo lo transformo desde mi propia expresión’.  Eso lo despiertas buscando emociones y sensaciones. Particularmente soy una mujer bastante intensa, muy emocional y extremadamente sensible pero con los pies bien puestos en la tierra. Por eso siempre me estoy preguntando qué siento, qué quiero y cómo se lo transmito al público.  Esas son mis herramientas creativas”, apunta.

La musa que grita en solitario

La bailaora afirma que el proceso creativo es lo que más ama en su profesión.  Se sumerge completa y lo vive con intensidad desde el germen inicial hasta la pieza final: “Es como una explosión de adrenalina, como si estuviera soñando, llega un punto en el que estoy tan metida en mi cuento que mi familia dice que no le paro a lo que me dicen. También pasa que en conversaciones cotidianas interrumpo para preguntar sobre mi trabajo: ‘¿qué piensan si hiciera tal cosa?’… Es que mi musa cuando entra… ¡entra dando gritos! Es el proceso que más disfruto”.

Pero siempre arranca sola en su viaje creativo. Pule sus ideas, las aclara, las aterriza y sólo entonces es cuando empieza a nutrirse de la comunidad. Se informa y se documenta con historiadores para confirmar datos sobre sus personajes o definir hasta dónde puede experimentar con ellos, con iluminadores para definir atmósferas dramáticas, y con múltiples expertos que le brinden solidez a su propuesta.

«Mi musa cuando entra… ¡entra dando gritos! Es el proceso que más disfruto”, dice la bailarina.

“Por supuesto, no soy absoluta. Por ejemplo, para recrear el momento del parto en el montaje de Manuela Sáenz invertí más de un año de investigación porque casi no hay material al respecto. Hay una versión que dice que en ese instante hubo un temblor en Quito y es con ese tipo de episodios que me gusta hurgar en los sentimientos del público. Quiero que se identifiquen, que sientan lo que les digo en una escena. Por supuesto no estoy cerrada a sugerencias, pero para cambiar mi idea tienen que convencerme con argumentos suficientes”, comenta.

Su mamá, que la respeta mucho profesionalmente, la acompaña en la aventura creativa. “Pero no es como todos creen —aclara—. Ella opina solamente cuando le pido que lo haga. Mi mamá no baila pero tiene el ojo ‘puyao’ de estar tantos años en este mundo del flamenco. A veces me dice que le parece que debería exagerar algún movimiento, o que hay alguno que no queda bien. A veces da una vuelta y hace cualquier disparate, pero en ese disparate yo capto lo que ella quiere decir”.

El poder desde lo femenino

En esa emocionalidad en la que Diana Patricia se sumerge y explora, y de la que obtiene montones de chispas creativas, propuestas como el amor, la feminidad y el poder tienen un papel muy importante. “Creo que mis grandes montajes los he hecho a través de rupturas amorosas. No considero que el eje central de mi vida sea estar enamorada, pero sí tiene mucho que ver con mis desarrollos creativos porque es algo íntimo, como muy mío.  Llevas ese volcán de emociones por dentro y dices ‘tengo que sacarlo’. ¿Y cómo lo saco? Bueno, la mejor válvula de escape que tengo en mi vida es bailar. Porque bailando puedo llorar y gritar, puedo decir que soy feliz, que soy una mujer sensual, que soy una mujer que siente.  Puedo botar todo ese carrusel de emociones a través del movimiento del cuerpo”.

Las propuestas de Diana Patricia han girado en torno a mujeres de realidad o ficción muy intensas, de completo temple como Doña Bárbara, Manuela Sáenz, Carmen o Sherezade.  Con ellas la bailaora reivindica el poder desde lo femenino, enfatizando en las capacidades emocionales, mentales, espirituales, e incluso físicas, de las mujeres. 

Diana Patricia interpretando a Manuela Sáenz, uno de los grandes iconos femeninos de la historia independentista latinoamericana.

“Soy feminista al 100%, aunque suene a cliché o repetitivo. ¡Me encantan estos personajes! Primero porque mi fuerte es el flamenco, la visceralidad y la emocionalidad que transmite.  El famoso Duende de García Lorca no puede bajar haciendo la Caperucita Roja, yo necesito personajes intensos, sufridos, que me permitan llegarle a muchas mujeres pero también a muchos hombres. Por ejemplo, luego de hacer Manuela Sáenz varios se me acercaron para decirme que en la escena de la violación querían pararse para impedir que la siguieran maltratando”.

Para el futuro, Diana Patricia tiene en mente un par de personajes femeninos más para desarrollar, el primero sería mostrado por primera vez desde el flamenco, el segundo será -según sus propias palabras- “la tapa del frasco de lo controversial”. Por supuesto, se reserva los nombres hasta el momento oportuno de presentárselos al público.

La fortaleza y su raíz

Éste acercamiento continuo a personajes de tanto poder, han influido en esa imagen propia que Diana Patricia transmite al público: imponente y fuerte, pero ultra femenina y con la sensibilidad a flor de piel. Sin embargo ese vigor, en equilibrio con su capacidad para detectar y transmitir emociones, también tiene un arraigo ancestral.

“Vengo de una familia en la que todos tenemos un carácter muy fuerte. Familia andina, recia, de tradiciones. Con una abuela tachirense que era muy dulce pero muy firme y determinada, y que se convirtió en mi madre. Por otro lado, mi mamá pasó a suplir la imagen del padre —siendo mamá lógicamente—.  Ella es una mujer de carácter, siempre me habló muy claro y muy crudo sobre las dificultades de la vida. Si todo eso lo mezclamos con el flamenco que es un género tan impetuoso… allí tienes la raíz de esa energía, la visceralidad de las emociones.  Todo eso me permite pararme ante el público y mostrar esa fuerza que ya es parte de mi día a día. Pero también soy más coqueta y más fresa. ¡Me encanta Hello Kitty! ¡Colecciono muñequitos de Disney! Soy la artista fuerte que sale al público, pero en la intimidad pues… ¡Susanita y yo!”, comenta divertida.

Y esa arista más tierna y lúdica, la hace tan humana como cuando un manojo de nervios hace de las suyas al trabajar. Enfrentarse a un posible éxito o fracaso puede hacerle sentir a cualquiera un vacío en el estómago.  Así que torear ese momento es un trabajo que para ella requiere disciplina y concentración. Ya después —cómo cuenta ella misma— tiene la posibilidad de disfrutar del efímero instante de gloria o autoflagelarse hasta morir antes de continuar luciendo la cicatriz respectiva.

«La mejor válvula de escape que tengo en mi vida es bailar», afirma Diana Patricia.
Con una dinámica creativa intensa, metódica y muy exigente, Diana Patricia construye sus propuestas artísticas. 📷 @martaelenagh

“En una producción inmensa comencé a montar escenas. Armé primer y segundo acto y cuando íbamos a ensayar ‘de arriba a abajo’, con todas las escenas montadas, con todo mi alumnado y el equipo de trabajo que me venía acompañando durante todo el proceso listos para ensamblar, yo sentía que me moría de la vergüenza, temblaba de miedo. Ni hablar del día del estreno que te la pasas con una ansiedad horrorosa, viendo la hora cada 5 minutos ¡Ese día es mortal! Y en ese creer que no puedes hacerlo, pisas el escenario, te olvidas de todas esas sensaciones y te entregas a lo que trabajaste. Como me formé en tascas y restaurantes con el público tan cercano, aprendí a ver el rostro del público y a no desconcentrarme, puedo mirar las reacciones de las personas en las primeras filas y voy jugando con eso. No es adrede, me formé así y es mi forma de trabajar”.

Y no hay diferencia cuando el público tiene un tinte especial. Diana Patricia ha bailado incluso frente a presidentes como los venezolanos Carlos Ándres Pérez, Luis Herrera Campins, Jaime Lusinchi y Hugo Chávez; el colombiano Álvaro Uribe y el estadounidense Bill Clinton.

“Danzar frente a personajes como éstos sí que infunde respeto y mucho compromiso, porque se trata del primer mandatario de un país. Pero en el momento en el que arranca el show quien tiene el poder soy yo, porque yo soy la artista, porque él me está admirando a mí. Allí hay un innegable cambio de mando. Luego de la presentación, la gran mayoría han querido saludarme, y creo que si esto ocurre es porque disfrutó de mi trabajo, de mi arte, entonces en ese momento me siento honrada, gratificada y agradecida”.

Enseñar la integralidad

Con la agudización de la pandemia del Covid-19, Diana Patricia debió poner en pausa un montaje infantil que preparaba para presentar en un teatro caraqueño. Era la primera vez que trabajaría para ese público, dándole la oportunidad a sus alumnas más jóvenes de ser protagonistas en una adaptación de un cuento tradicional.

Pero mientras llega la posibilidad de retomarlo se concentra en dar clases en línea para sus alumnas de El Rocío, ello tras hacer las paces con la tecnología, un área que no es precisamente su mejor amiga.  Su idea es seguir guiando por cualquier medio posible a sus alumnas en el camino artístico. En este sentido, también participa en en un proyecto piloto de Iniciación al Mundo del Espectáculo que cuenta con el aval de la Universidad Metropolitana.

La bailarina y bailaora que también presume de ser actriz y locutora tiene además una inquietud pedagógica que la lleva a soñar con fundar una escuela integral de las artes. “Creo que un artista no se forma solamente en un área, necesita trabajo de voz, expresión corporal, producción. Yo estudié en el Centro Cultural Prisma, un proyecto muy bonito de la familia Cohen quienes, sin ser artistas, buscaron a los mejores y le dieron la posibilidad a los estudiantes de aprender danza, escenografía, dirección… De esos tres años que estuve allí quedé encantada con muchas cosas, hay unas que implementaría, otras que mejoraría, pero por supuesto tomaría aquello de rodearme de expertos en cada tema porque lógicamente no puedo ser la cabeza de todo ni dar todas las cátedras. Aquí hay grandes especialistas, escritores, dramaturgos, escenógrafos, iluminadores, directores de fotografía.  Ese es mi gran sueño”.

Mientras trabaja para convertir en realidad ese proyecto, Diana sigue adaptándose a las circunstancias. Hace años preparó un gran espectáculo de despedida porque tenía pensado retirarse y aún hoy se mantiene en escena. Por eso aún cuando sabe que el retiro llegará en algún momento, esto no es algo que le produzca preocupación.

“Creo que ahora los bailarines tenemos un camino más largo. Gracias a Dios una mujer de 40 puede parecer de 30, pero estoy consciente que el cuerpo no es el mismo. Hay cosas que hacía antes y que ya no puedo hacer, pero también me he vuelto como un ratón de escenario y sé por dónde entrarle a todo. No importa si ya no puedo bajar al pisocon rapidez y subir de una vez porque si hago una serie de movimientos más lentos consigo al final el mismo resultado. La vida va pasando, vamos cambiando, el reloj biológico está allí… tienes que aprender a vivir con él y listo. Hay que adaptarse, nada más. Ya no puedo zapatear 40 minutos ¡pero puedo zapatear 25!”. 

⭐💛⚡

Lo que la inspira instantáneamente
Un olor: la lluvia
Un sabor: la malta
Un sonido: los pájaros
Una imagen: la luna
Una textura: La almohada que me hizo mi abuela cuando nací. 
Una emoción: ¡La vida! ¡la vida!

Tres genios personales

  • Ballet Nacional de España: “Hubiera dado la vida por haber estado un par de años con ellos porque mezclan eso de la bailarina-bailaora y hacen producciones impecables. A mi me gusta mucho la estética, me gusta lo fino y creo que ellos tienen mucho de eso”.
  • María Pagés: “Mi bailaora favorita en el mundo.  Es una mujer extraordinaria, con una intensidad espectacular, con una cultura más allá del más allá”.
  • Joaquín Cortés: “Me encantó lo que hizo en su momento porque era un flamenco pensado para quien no gustaba de este tipo de arte. Trabajó muy bien la estética e hizo mucho show. Eso era necesario para que otro público se acercara al flamenco.
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