Vitrinear: “Mirar vitrinas o escaparates de locales comerciales”. Así define la Real Academia Española una de nuestras actividades favoritas. Y aunque la organización lo muestra como un término chileno, en La Suite Amarilla lo usamos a nuestro antojo y en cualquier país del mundo.

Ir de vitrina en vitrina resulta para nosotras un ejercicio cardiovascular. ¡No te reías porque así es! Es que sentimos que ejercitamos hasta esos músculos que no sabíamos que teníamos.  A la par, admiramos todo el trabajo que los profesionales del vitrinismo han desarrollado para destacar a un producto en particular.

Nos encanta disfrutar del ejercicio por horas y horas. De hecho, es una actividad que practicamos regularmente no sólo cuando estamos conociendo nuevos lugares sino también cuando transitamos por las ciudades en las que vivimos. Incluso también en plena pandemia, porque hay quienes se han dedicado a mantener sus vitrinas preciosas para hacerse inolvidables, para mitigar el lapso que han permanecido con las puertas cerradas.

La vitrina añade valor al objeto

La experticia de quien diseña una vitrina se nota a leguas. Hay reconocimiento del espacio, composición y equilibrio, iluminación y temperatura de color, estilo y por supuesto un mensaje creado tras bambalinas. El resultado es toda una puesta en escena que no tiene nada que envidiarle a la del teatro o el cine.

Parece increíble cómo el aparador antiguo y privado derivó a través de la historia en éste poderoso elemento de marketing que ahora, ante ojos públicos, aún mantiene la función de exhibir objetos de valor bajo un aire de solemnidad.

Allí, tras el vidrio, el objeto adquiere un valor adicional porque al estar protegido y resultar inaccesible a las manos del transeúnte se convierte en un objeto de deseo, en un ítem aspiracional que mueve nuestras fibras y te produce un nudo en el estómago para empujarte a ingresar al almacén y darte el lujo de obtenerlo.

Es un asunto que no tiene nada que ver con el precio, porque esa dimensión ceremonial aportada no sólo por la escena cuidada sino también por el vidrio que separa al objeto del transeúnte, aplica para cualquier producto, desde sencillos bombones hasta este elegante bolso de Bvlgari que Marta fotografió instalado en su trono particular, en la boutique de la firma en Barcelona.

Si lo compras o no ese es otro cuento. Aquí estamos hablando de deseo puro, no del poder adquisitivo de las personas. Así que lo más bello de vitrinear es que es para todos, es gratis y además inspirador. En nuestro caso es alimento puro para saciar nuestra hambre estética y comunicacional.

Y a ti… ¿también te entusiasma mirar vitrinas?

Foto: @martaelenagh

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